Promesa de Dios para ti

¡Vida eterna tras la muerte!

By enero 29, 2019 No Comments

En un  mundo pagano que se solía pensar en el más allá como en una simple repetición del tiempo pasado. Los antiguos pensaban que el cosmos había existido siempre y que, a través de grandes mutaciones cíclicas, duraría para siempre. Siguiendo el mito del eterno retorno, todo lo que había sucedido antes volvería a suceder después.

Englobado en este contexto antropológico religioso, el hombre pensaba que sólo podía salvarse huyendo de lo material, mediante una especie de éxtasis espiritual, que le ayudara a separarse de la carne, o viviendo en este mundo, como decía san Pablo, sin una meta y sin esperanza (cfr 1 Ts 4,13; Ef 2,).

Durante los primeros siglos del cristianismo los paganos se guiaban por una ética más o menos recta: creían en Dios y le daban culto con frecuencia, buscando protección y consuelo en él. Pero les faltaba la esperanza segura de un futuro feliz. La muerte para ellos era un cierto enigma que requería un sentido más pleno.

El cristiano es realista

El aspiración de vivir eternamente, para siempre, es un deseo profundo del hombre, como han puesto de manifiesto los filósofos, los escritores, los artistas, los poetas y de forma especial los enamorados- de todos los tiempos. El hombre esta hambriento de eternidad.

Ese afán por eternizarse y por perpetuarse, se manifiesta de diversos modos: en la forma de enfocar los proyectos; en el deseo de sobrevivir y de perdurar, por medio de los hijos; en el afán por influir en la vida de otras personas o de ser reconocido o recordado en el futuro… En todas estas manifestaciones se adivina el afán, genuinamente humano, de eternidad.

Muchos hombres que creen en la inmortalidad del alma; hay otros que entienden esa inmortalidad como una reencarnación; y hay otros, en fin, que se empeñan en alcanzar, a pesar del hecho ineludible de la muerte, un bienestar material o un reconocimiento social a toda costa. Es sabido que por ese camino no llegarán a satisfacer plenamente esos afanes, entre otras cosas porque el bienestar y el reconocimiento no dependen sólo de la propia voluntad.

En este sentido, el cristiano es profundamente realista: sabe que con la muerte se desvanecerán para siempre todos los sueños humanos fatuos.

En ese dilema muerte/inmortalidad el cristiano tiene la certeza de que Dios le ha creado haciéndole a su imagen y semejanza (cfr Gn 1, 27); y sabe que cuando se avecine la prueba suprema, Cristo le confortará, convirtiendo sus angustias de muerte en dolor de corredención. Está convencido de que el mismo Jesús, al que ha servido, imitado y amado en esta tierra, le recibirá en el Cielo, colmándole de gloria y felicidad.

El cristiano evangélico sabe además con certeza que, gracias a la inmensa y gozosa verdad de la fe, gracias a Cristo, la muerte, su último enemigo en esta tierra (1 Cor 15, 26), no será el final de todo: tras ella alcanzará la visión eterna de Dios y la resurrección del cuerpo al final de los tiempos, cuando todas las cosas se cumplan en Cristo.

Debemos tener presente que la vida no acaba aquí: por eso estamos convencidos de que el sacrificio escondido y la entrega generosa de millones de personas a las que nadie conoce tienen un profundo sentido y alcanzarán su justa recompensa en la otra vida: una recompensa que, por la infinita misericordia de Dios, superará cualquier bien al que el hombre pueda aspirar. “Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?”

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