Soledad en familia. 2da parte

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El salmista oraba, en solitario, preguntándose: ¿de dónde vendrá mi socorro? Algunos buscan la respuesta a su soledad en los lugares altos, en los montes. Es decir, fuera de sí mismos y en aquello que los hombres pueden construir por sí mismos. Lo cierto es que la soledad, entendida esta como el no ser apreciados por los demás se resuelve dentro de uno mismo. El camino que nos libra de la prisión de la soledad empieza en el interior de nuestra mente, de nuestro corazón.

Primero, porque empieza tomando conciencia de que somos personas apreciadas por Dios. Para saber esto no necesitamos buscar, preguntar, escuchar a otros. “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón”, dice Dios. Cuando en nuestra soledad buscamos a Dios sucede algo extraordinario: su Espíritu da testimonio al nuestro de que somos sus hijos. Quien se sabe hijo de Dios está en condiciones de enfrentar el hecho de su soledad, sea esta real o apenas una percepción.

Real, o apenas una percepción. ¿Qué significa esto? Bien, esto nos lleva al segundo paso. Una vez que nuestro espíritu tiene el testimonio de la presencia y compañía divinas, estamos en condiciones de analizar si realmente los que amamos no nos aprecian, o si se trata de una percepción equivocada de nuestra parte. ¿Qué es lo que nos hace pensar y sentir que no les interesamos? ¿Será que lo que recibimos no nos es suficiente porque nuestro vaso está roto y se filtra? O, ¿será que somos nosotros los que inconscientemente nos alejamos impidiendo a los demás que formen parte del círculo interior de nuestros afectos y sentimientos?

El tercer paso para superar nuestra soledad consiste en preguntarnos qué tanto estamos dispuestos a mostrar nuestra vulnerabilidad a los que nos aman. Que tan dispuestos estamos a mostrarnos tal como somos, tal como estamos. Dios, cuando quiso comprendernos mejor, se hizo hombre. Es decir, estuvo dispuesto a conocer y dejarse conocer. A hablar y a escuchar. A dar y a recibir. A agradecer y a mostrarse complacido con el agradecimiento de los demás. Nos sorprenderemos cuando permitamos que los otros vean lo que hay en nosotros y que escuchen lo que la voz de nuestro corazón quiere decirles.

Hay un factor que está al inicio, durante y al final del camino que nos lleva más allá de la soledad. Este es el cultivo de la comunión con Dios. Estar en comunión con Dios significa gozar de su compañía. Esta es un acompañar que sale del corazón, del lugar donde el Espíritu de Dios habita en nosotros. No depende, por lo tanto, de factores externos, simplemente, está en nosotros. Y desde nuestro interior, fructifica. Primero, porque trae orden y equilibrio en nosotros mismos. Dado que él es suficiente, llena cualquier vacío, real o supuesto, que resulte de nuestras relaciones con los demás. Dado que él es fiel, permanece el mismo independientemente de nuestras circunstancias. Por lo tanto, llenos de su presencia podemos enfrentar los retos que suponen nuestras relaciones con los que amamos.

Cristo en nosotros significa una total ausencia de soledad. Cuando nuestros familiares no satisfacen nuestras necesidades espirituales y afectivas, Cristo lo hace. Cuando los demás no nos aprecian, Cristo lo hace. Cuando nos sentimos, o estamos solos realmente, Cristo hace evidente su presencia. Cuando ya no nos queda nada, Cristo sigue siendo nuestro todo.

No hay nadie que, en algún momento de su vida, no haya experimentado el dolor provocado por la soledad en familia. Tampoco hay nadie que no vaya a experimentarlo en algún otro momento de su vida. La razón es sencilla, nadie es suficiente para satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón. ¿Nadie, he dicho? Bueno, no es verdad, sí hay uno que puede hacerlo y este es Dios. El salmista decía, lo que les invito sea nuestra oración confiada y constante:

¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estás tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estás allí. Si me elevara sobre las alas del alba, o me estableciera en los extremos del mar, aun allí tu mano me guiaría, ¡me sostendría tu mano derecha! Y si dijera: Que me oculten las tinieblas; que la luz se haga noche en torno mío, ni las tinieblas serían oscuras para ti, y aun la noche sería clara como el día. ¡Lo mismo son para ti las tinieblas que la luz!

Pastor Adoniram Gaxiola

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