Eso de ser un padre viejo. 3ra parte

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Antes hablamos de la ley de la siembra y la cosecha. Nos referimos al hecho de que la vejez es la época en la que los padres cosechan buena parte de lo que han sembrado. Conviene aquí acotar el hecho de que ni todo el bien, ni todo el mal que los padres reciben de los hijos es resultado de lo que han sembrado en ellos. Pero, sí, mucho de lo que se recibe es mera cosecha. Asumir tal realidad podría dar lugar a un acercamiento fatalista respecto de la relación padres e hijos. Me tengo que aguantar, podrían pensar varios padres que están conscientes de sus excesos u omisiones. No hay tal, si bien es cierto que no podemos cosechar algo distinto a lo que sembramos; también lo es el hecho de que podemos sembrar, en nuestro aquí y ahora, semillas de diferente clase.

Es decir, podemos romper los círculos viciados de nuestras relaciones con los hijos. Podemos dejar de ser condescendientes, dejar de asumirnos eternos responsables de lo que nuestros hijos piensan, hacen o sienten. Podemos relacionarnos con ellos bajo un principio de responsabilidad mutua. No exigiendo lo que no corresponde, pero sí pidiendo y recibiendo lo que es legítimo y propio de nuestra dignidad de padres. Por otro lado, debemos reconocer que nuestros hijos son personas adultas, responsables y capaces; por lo que debemos dejar de perseguirlos, recriminarles y aún de chantajearles para que hagan o dejen de hacer lo que a nosotros nos parece o interesa.

Padres e hijos somos llamados al ejercicio del perdón. Los padres ancianos son llamados a perdonarse a sí mismos respecto de los errores cometidos en la formación de sus hijos. Esto implica el aceptar que al venir a Jesucristo y recibir el perdón de los pecados, también han sido perdonados de los pecados de su paternidad y/o maternidad. Al ser perdonados por Dios son libres, ya no tienen que pagar por lo que hicieron o dejaron de hacer. También es necesario que lo padres perdonemos a nuestros hijos. A veces nos resistimos a aceptar que hay cosas en ellos que debemos perdonar, aceptar que nos han lastimado y que con su actitud permanecen abiertas las heridas causadas por ellos. Ya hablaremos más a este respecto.

Mientras tanto, sí conviene decir que una buena cosa es que los padres aprendamos a pedir perdón a nuestros hijos. Se trata de reconocer nuestros errores y hacer saber a los nuestros que nos dolemos por haberlos lastimado. Pedir perdón es un acto digno, hace evidente nuestros valores, al mismo tiempo que no pasa por la auto-flagelación. Al pedir perdón, seamos o no perdonados por los nuestros, seremos libres para enfrentar los retos de la vejez.

Termino diciendo que, en todo esto, la oración resulta ser la herramienta más poderosa para desaprender lo que no conviene y caminar por las sendas de justicia. En la oración encontraremos fortaleza, consuelo y razones para la esperanza. Pero, sobre todo, en la oración encontraremos la sabiduría necesaria para terminar siendo los padres, las madres, que nuestros hijos necesitan; siempre animados y fortalecidos por la multiforme sabiduría divina y por el beneficio de su gracia incomparable.

Pastor Adoniram Gaxiola

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