¡Confesar nuestra fe!

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Lectura: Lucas 12:8-9 Texto. Lucas 12:8

Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios.

Si se pretende efectuar una reflexión sobre el confesar de nuestra fe en Cristo y ante los hombres, tendremos que leer también en Lucas cap.11:37/54 para tener una idea de lo que el señor Jesús nos quiere enseñar.

Como se habrá podido constatar por esta última lectura citada, “un fariseo le rogó que comiese con él en su mesa;”  fue sin duda una comida más bien violentada, fuera de lo normal y con alguna intención oculta; pues como se desprende del relato leído, en casa de este anfitrión fariseo, habían también escribas y fariseos para estrecharle en gran manera. Lc.11:53/54

Estas circunstancias dio lugar a que por millares de aquel pueblo se juntasen alrededor de la casa, y ante aquella apretujada multitud, comenzó a instruir el Señor Jesús a sus discípulos primeramente sobre la hipocresía, (Lc.12:1/3)  renovándoles así su advertencia pronunciada en (Mt.16:6 y Mc.8:15)  al compararla con la levadura (doctrina) de los fariseos, que como fermento corrompe toda la masa; pues ese vicio inficiona (contagia o corrompe) con malos ejemplos toda la obra personal y pervierte a los demás engañándolas y enseñándoles a engañar; exactamente lo que produce la hipocresía, la cual dejaría de ser si no se ocultase, al igual que la levadura que de no ocultarse en la masa dejaría sin fermento que la corrompa.

La advertencia que el Señor Jesús quiere dar a sus discípulos con respecto a todo esto es; que no hay cosa encubierta que no haya de descubrirse, ni oculto que no haya de saberse, ni las tinieblas ni el siglo tanto en el hablar como en el hacer, podrán impedir que se den a luz las cosas ocultas; y el Señor acababa de hacerlo al denunciar la hipocresía de los fariseos en aquella misma encerrona comida.

Los discípulos llamados por él amigos, habían presenciado la violenta escena del convite y como denuncio el trato y los hechos vejatorios que sus antepasados prodigaron a los profetas hasta matarles, siendo los fariseos testigos consentidores: “ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulturas”.  Con estas advertencias y por si sus discípulos hubieran concebido algún temor de persecuciones por los fariseos y escribas, les enseña a quién se debe temer, exhortándoles finalmente a la confesión valerosa de la fe.  (vrs. 4/12)

Estas declaraciones de nuestro Señor Jesucristo, debe infundir en el cristiano, suficientes motivos para seguir adelante sin amedrentarse por temor a los hombres, primeramente porque si somos maltratados y calumniados, no es más de lo que sufrió nuestro Maestro, (Mt.10:24) y segundo que las verdades proclamadas por nosotros están destinadas a ser conocidas y por esto ninguna oposición impedirá que salgan a la luz. (Luc.12:2 y Mt.10:26)  Se nos enseña a demás a quien se debe temer y finalmente que si confesamos a Cristo delante de los hombres, él nos confesara delante de los ángeles de Dios.

Es claro que la confesión mandada aquí, no consiste meramente en una ceremonia especial u otro acto solo, sino que denota en general, que debemos manifestarnos como sus discípulos, obrando y hablando como conviene a los suyos bajo todas las circunstancias y en todo trance.  Las últimas palabras del Señor Jesús antes de la ascensión tratan de este asunto, de serle testigo, de confesarle en todas partes; “me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra;” (Hch.1:8)  y esto debería ser la cosa más importante para el cristiano.

El cristianismo, o sea, la verdad evangélica, se propaga de dos maneras muy acentuadas en las escrituras, esto es, por la palabra y por la conducta u obras, estas deben ser inseparables, no valen palabras sin obras, ni obras sin palabras; de nuestro Señor Jesucristo leemos; que fue varón profeta poderoso en obra y en palabra, (Lc.24:19) las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí que el Padre me ha enviado; (Jn.5:36) creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el (Padre.Jn.10:18)

Por el texto expuesto y que nos ocupa, vemos que se trata de un testimonio personal, “todo aquel”  de rendir testimonio acerca de una persona, “me confesare”  y la forma de hacerlo. “Delante de los hombres”.

Por el testimonio personal

Se trata pues de confesarle de rendir testimonio acerca de una persona y cuando más tengamos conocimiento de esta persona, su obra, su influencia en nuestra vida, tanto más será nuestro testimonio: Pedro pudo confesar a Cristo delante de las gentes en Jerusalén, diciendo: A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hch. 2:32-36)

Me seréis testigos dijo Cristo, y nuestro testimonio debe ser una confesión abierta de nuestra experiencia personal de lo que es el Señor para nosotros y en nuestras vidas; pues del testigo se requiere conocimiento claro y perfecto de lo que se ha de testificar, en un sentido, se ha de poder decir: no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído; (Hch.4:20) Pablo se sentía tan entrañablemente identificado con Cristo, que confesaba  para mí el vivir es Cristo (Gal.2:20)

¡Sí!  el cristianismo verdadero es la fe y devoción a una persona Cristo, y no en sistemas filosóficos o culturales; cuando Cristo dijo: me seréis testigos quería decir; testigos de lo que soy de lo que he hecho y de lo que estoy haciendo aún por vosotros, esto es, testigos de su persona Divina de su obra expiatoria para toda la humanidad, de su vida justa y santificada, de su resurrección y ascensión a los cielos; así debía ser y así lo entendieron los primeros discípulos, cuando decían: no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor (2ª.Cor.4:5) Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien anunciamos, amonestamos a todo hombre. (Col.1:27/28)

Por la conducta

He dicho antes, que del Señor leíamos que fue varón poderoso en obras y palabra, ambas deben ser inseparables y deben adornar el testimonio del fiel testigo. ¿De qué serviría nuestra palabra si nuestras obras  o forma de obrar no van en consonancia con ellas? De los apóstolos del Señor, se dijo en una ocasión que reconocían que habían estado con Jesús. (Hch.4:13)

La fe y confianza en Cristo, no es meramente un credo frío, es más, es un conocimiento íntimo, una experiencia de Cristo transformando nuestras vidas, es una vida espiritual que se traduce en hechos y obras prácticas que solamente honren a aquel que nos amó y dio su vida por la nuestra. No debemos olvidar que nuestro obrar ha de ser consecuente con nuestra nueva creación en Cristo, Efe.2:10 y ello es lo que da autoridad y fuerza a nuestra predicación, enseñanza y exhortación, ya que nuestra conducta o forma de obrar, en discrepancia con nuestra enseñanza, puede echar por tierra, el que las almas sean fortalecidas en la verdad del evangelio.

¡Cuántos de nosotros podríamos ser medio de bendición y salvación de otros, si viviéramos una vida cristiana más consistente y si de forma bien evidente fuésemos un sacrificio vivo y agradable a Dios!

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mat.5:16)

  1. Ibáñez
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